Versos migrantes, la poesía centroamericana de Balam Rodrigo

Por Ángel Carlos Sánchez

Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte sino despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas y destruillas por las extrañas y nuevas y varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad…

Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la        destruición de las Indias

 

No se puede imaginar la historia sin la constante migración de los seres humanos. La lucha por los recursos necesarios para sobrevivir obliga a eso cuando hay escasez. De ese modo salieron los primeros grupos de África y comenzaron a descubrir y poblar el mundo. En su paso por terrenos inhóspitos aprendieron a dominar la naturaleza y tuvieron que adaptarse a múltiples entornos. La historia no ha cambiado mucho ese patrón: un territorio que se vuelve hostil obliga a sus habitantes a buscar mejores opciones. Sólo que nuestros ancestros africanos tuvieron que enfrentarse a animales feroces que, al cazar por instinto, podían con el tiempo ser superados por la inteligencia humana. Hasta que, en algún retorno involuntario a una ruta ya transitada, descubrieron la peor amenaza que desde entonces busca destruir a la humanidad: el ser humano que no recuerda su pertenencia a una misma especie. O que ha creído diferenciarse por encima de ella.

Ya el Gilgamesh nos habla de que el temor más profundo que puede perturbar a un hombre es otro ser con forma humana pero desconocido, sobre todo si muestra comportamiento bárbaro. Los miles de años transcurridos desde entonces no han podido lograr la solidaridad como principal vínculo y único motor del desarrollo de las sociedades. Al contrario, el capitalismo, antes imperialista y ahora neoliberal, es cada vez más inhumano y cruel. Sobre todo porque el control es tal que los mismos explotados son los que justifican o incluso defienden su explotación, anhelando ser como el opresor. Alguna vez Boris Vian escribió que el verdadero problema es el subordinado.

Y es esa también la situación de la mayor parte de la poesía actual (que conozco, por supuesto, porque ahora hay tantos “poetas” que no se les puede leer a todos): en general está sometida a los intereses de clase (ya sea la propia o a la que se aspira a pertenecer). Aún así ha habido siempre excepciones. Arquíloco de Paros escribió en un poema en el siglo VII antes de Cristo “Me dan dentera /  esos oficialillos barbilindos / que se pavonean por el campamento / con sus escudos labrados / […] Prefiero mil veces / a esos soldados chaparros / peludos y burdos, / que recién llegados del surco / no te traicionan en el campo de batalla”. Diferenciando así a los cercanos al poder de los intrascendentes para este.

Li Po tampoco se olvidó de recordarnos las crueldades e injusticias de la guerra, aunque en general no queramos leerlo por eso sino por sus poemas de corte más estético. Es claro que hablar de esas cosas sirve casi nada para escalar status. A menos que sea el Poder mismo quien encargue o sugiera esa tarea para fingir tolerancia y apertura. Que el Estado, pues, por la persona de alguno de sus miles de subordinados reconozca, premie. E incluya en la fractal de favores que hacen llegar migajas del presupuesto público a cuentas privadas. En un mundillo literario constituido de ese modo, hablar de los que no tienen voz es perder oportunidades. (Y el poeta, como todos, come y bebe y vive intentando no morir en blanco; y lamentablemente, a veces también transa, acepta la competencia ambiental en la que cree inevitable pisar para no ser pisado y desea que, aunque no le den, lo pongan donde haya). Aún así, hay quienes no olvidan a la libertad como eje rector de su trabajo, se arriesgan y tocan el tema. Uno de esos raros especímenes es el centroamericano Balam Rodrigo.

Supe hace años que algunos le sugirieron al también autor de Braille para sordos y Sobras reunidas que se olvidara del tema que estaba tocando en Marabunta y Libro centroamericano de los muertos, porque, aseguraron, por ahí no iba a llegar a ningún lado. Es claro, al menos para mí, qué tipo de persona, ya que no de poeta, pudo haber opinado de ese modo: el subordinado del que ya hemos hablado antes. El sometido al sistema que espera ser aprobado e integrado y sueña con escalar hasta el olimpito mexicano de las becas más gordas. Alguien que, al escuchar de la sevicia que el sistema es capaz de permitir y de ejercer en contra de los más desvalidos, siente amenazado su mundo e identifica a quien no se calla esos crímenes no como solidario sino como alborotador. El revés al mundo.

Es, a mi parecer, este díptico que, según sé, terminará convirtiéndose en trilogía, uno de los pocos ejercicios literarios mexicanos actuales que merece el trabajo de llevarse en la mochila para leer de nuevo. Porque “nuestro único viaje seguro es al pasado, a la memoria / que terca nos arranca y arrebata la estación del futuro”. Aunque sea un lugar común ya sabemos que olvidar el pasado nos obliga a repetirlo. Y no me refiero únicamente a la devastación que el Poder ha estado llevando a cabo en tierras americanas durante los últimos siglos para enriquecer a unos cuantos a costa del sufrimiento y la muerte de muchos. Hablo también de olvidar que la mayor parte de lo que se escribe para complacer al sistema nace siendo letra muerta por muy decorativa que parezca ser.

Marabunta y Libro centroamericano de los muertos nos ofrecen en cambio la oportunidad de percibir la delgada línea en que historia y poesía se apoyan mutuamente. Ambos contienen claros homenajes a la vida sencilla y solidaria de los desposeídos. Sobre todo a aquellos que han logrado comprender la migración como una faceta inevitable del desarrollo humano. En el primero se plantea (aunque no en las primeras páginas) con una terrible transparencia la principal razón que mueve a los seres humanos por el mundo, aunque deseen echar raíces: “En condiciones de miseria / nada hay que pueda llamarse hogar, / sólo la muerte”. Y miseria es lo que abunda en esa región del mundo donde se desarrolla la mayor parte de lo narrado en ambos libros: eso y la violencia inherente a la desigualdad provocada por la opresión y la explotación. En esas circunstancias casi todo mundo sueña con el paraíso terrenal representado por los Estados Unidos: abejas atraídas por la violenta luz de eléctricos chispazos.

Marabunta, sobre todo, es también un reconocimiento del origen. El autor construye en este volumen un espacio de encuentro con el padre. Como buen creador de mundos ficticios no necesariamente irreales, Balam Rodrigo sabe organizar los campos semánticos en poemas en los que la historia personal se vuelve punto de partida para expresar una realidad dura y filosa pero en la que a pesar de todo es posible vivir si no se pierde el sentido más profundo de lo humano; siglos de tinta fantasma cobran realidad en estos versos que se resisten a ser sometidos a la usura de lo metafórico. “Libros de carne tatuados por la muerte”.

No falta en este libro singular ni siquiera el ácido humor de lo que roza la tragedia sin romperse del todo. Cuando golpean a “Juan López, apóstol del cemento y del alcohol” por llevar tatuado “Mara” en el brazo y él sólo puede decir “soy albañil y Mara es el nombre de mi mujer”, ese nombre no significa únicamente la amargura de ser arrastrado por la fuerza de lo inexorable sino también la aceptación de su desvalimiento ante el Poder y su violencia. El signo de la fugacidad de la vida tatuado en la voz. “Su cuerpo es una barda viva marcada con graffitis / y navajas, la hoja perdida de un diario de guerra”. El poeta ha llegado en este libro a comprender que las diferencias entre géneros literarios son cuestiones accesorias que no determinan el sentido estético de lo escrito en un poema: “los migrantes que caen del tren que corre hacia la muerte / son granadas de carne que detonan en las manos entumidas / del hambre y la miseria”.

La polisemia presente en la palabra Mara permite a Balam Rodrigo referirse a la amargura que acompaña casi siempre al ser humano porque “el alma que le asiste lleva las alas rotas” y al mismo tiempo a una de sus encarnaciones sociales más recientes: la famosa Mara Salvatrucha, que durante las décadas pasadas, como la hormiga a que hace también referencia el nombre del libro, irrumpió y arrasó la forzada “tranquilidad” de Centroamérica y parte de nuestro país, convirtiéndose en pretexto para justificar la violencia del estado que tampoco hizo diferencia que beneficiara realmente a la sociedad.

Aún así, nos recuerda este libro vasto, la vida siguió, sigue con todos esos dolores extra y las clases más desprotegidas intentan continuar “el comercio de sueños entre aquellos / que poco tienen para soñar”. La economía de los de abajo en esas circunstancias, nos precisa el poeta, sólo alcanza para pasar “la vida imitando a los humanos”, porque el que ejerce la violencia contra sus iguales queda mutilado “tiene un muñón / donde antes le crecía el alma”. Cosas “ajenas” a la poesía, dirán los puristas que mencioné al principio, pero el mismo Balam Rodrigo plantea en Marabunta una pregunta fundamental que tal vez debieran reflexionar también ellos, si de verdad les interesara el sentido humano que permite el arte: “¿de qué sirve la poesía / si no hay un hombre que la monte?”

Hemos visto lo que produce una sociedad dividida entre opresores, oprimidos y quienes apoyan a una u otra clase, hablando de poesía: “una casta de falsos poetas se levanta de la mierda”. ¿No es deseable entonces que la flor y canto se aproxime al ser humano en toda su calidad de hacedor de la historia? Recordar, por ejemplo, que la trata de personas mutila incluso la belleza más material porque “la muerte nunca supo / que olías a tamarindo y corazón”. El también autor de Icarías declara al respecto, como un ser humano capaz de compasión: “llevo las manos heridas de muchacha”. Por eso su palabra no es únicamente lamento sino búsqueda: “sólo un canto, sólo un trozo de perfume es lo que busco”.

Este libro “este poema escrito una y otra vez en el mar de las errancias y alzado con restos de memoria”, difícilmente va a gustar a aquellos que luchan armados del lenguaje sólo para obtener parte del presupuesto cultural, pero pienso que también por eso fue escrito: para disgustar a esos que están demasiado cómodos creyéndose merecedores de privilegios. Afortunadamente hay también quienes han estado esperando que libros como este sigan siendo publicados y leídos en nuestro país (continuando el camino de Enrique González Rojo Arthur, Juan Bañuelos y Roberto López Moreno, entre otros). Bienvenido sea.

 

El Libro centroamericano de los muertos, en cambio, nos habla de la actualización de la crueldad que ejerce el Estado directa o indirectamente sobre quienes se encuentran más vulnerables por encontrarse en tránsito en su intento por llegar al paraíso imaginario que significan los EUA. Como salmones que vuelven río arriba los centroamericanos son atrapados por toda clase de depredadores: narcos, policías, migras, ejército, bandas que tratan de aprovechar la mayor cantidad de sangre que puedan extraerles. Y “Este es el origen de la reciente historia de un lugar llamado México”.

Fray Bartolomé de las Casas mencionó en su Brevísima relación de la destruición de las Indias la extraordinaria crueldad a que sometían los españoles a los habitantes de las tierras que estaban bajo su dominio en América; Balam Rodrigo nos demuestra usando a veces el estilo del clérigo que si en algo puede adelantar el ser humano es en inventar y usar nuevas y más efectivas formas de hacer sufrir a sus semejantes: “trepanados nuestros cráneos por machetes, / por balas que nos redimen de la inanición, / y los bárbaros con el corazón más rabioso y amaestrado / que un lebrel ejecutor: he aquí a los homicidas,

a los profanadores, a los prevaricadores, sin redención alguna, / hinchados de alcohol en lupanares de humo, / acariciando a sus bestias, babeantes, hienas al amparo / de un amo demencial, oteando las vías del tren”.

Pero es en este volumen donde el autor se permite también un viaje decisivo al pasado por medio del cual podemos descubrir que, a pesar de lo que muchos puedan prejuiciosamente opinar, algunos seres humanos son capaces de entender al semejante como una oportunidad de ejercer un viaje de reconocimiento del otro que los vuelva mejores: “Reconstruir los rostros de la infancia, / los de aquellos migrantes centroamericanos que vivieron, / comieron y soñaron entre los horcones de mi casa”.

Para quien está o pretende estar cómodo en una situación de emergencia que le parece ajena, el Libro Centroamericano de los muertos plantea una singularidad que desemboca en la posibilidad de convertirse también en víctima. Nadie está a salvo mientras los filos de la realidad no sean limados. Pero la vocación principal de este libro no es únicamente la denuncia sino que construye una esperanza con base en la recuperación de la historia y de la rememoración de una vida familiar mucho más incluyente que la actual. Recurre para ello al Álbum familiar Centroamericano en el que él mismo se siente incluido y que ha sido construido por multitudes que han soñado, si no un mundo, una Centroamérica sin fronteras, desde Morazán hasta nuestros días.

Ya dije antes que Balam es Centroamericano, puesto que es chiapaneco y Chiapas parece tener más vínculos con esa región del continente que con el centro del país. Mas eso no impide que su poesía toque también lo más íntimo de las pretensiones de identidad mexicana. Sobre todo esa que habla de gente capaz de brindar hospitalidad al viajero sin importar su origen. El autor sabe bien que en la memoria está la respuesta que puede unirnos como pueblo: “Busco los rastros de la infancia / como quien busca una pepita de oro en la basura”.

Lamentablemente son sólo quienes también padecen injusticia en nuestro país los dispuestos a acompañar en su desventura a los migrantes en su paso por está gran frontera en que han convertido a México desde hace décadas los criminales en el poder con el apoyo de los grupos delictivos que controlan o permiten a lo largo y ancho de la república. Ojalá la llamada Cuarta transformación pueda ser verdadera al menos en el ámbito de lo poético y logremos superar ya esta etapa tan clientelar y neoliberal de la literatura que ha producido demasiados autores y libros pero poca poesía. Este par de libros magníficos Marabunta y Libro Centroamericano de los muertos dan cuenta de ello para los que quizá únicamente de ese modo estén dispuestos a enterarse.

Tal vez este último libro tendrá, ahora que ha sido reconocido con el premio nacional más ambicionado, el interés de quienes aspiran a escribir también trabajos ganadores. No faltarán seguramente algunos epígonos. Pero incluso ellos podrían comprender, si leen no únicamente las técnicas literarias, que en él está contenida una realidad digna de ser cambiada, porque algún día “Todos regresarán del viaje hacia sí, / y en sus ojos, casamatas roídas por insectos, / crecerá nuevamente la flor de la lluvia”.

 

 

Octubre de 2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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