Cita a ciegas

Por Juan Bello

Una cita a ciegas es un deporte extremo, bueno, más o menos. A pesar de parecer tan fácil, normalmente las mujeres no acceden a realizar este tipo de encuentros, pero uno debe de ser insistente, siempre hay algo que ganar, una amiga, una conocida o una amante.

Le solicité su amistad por medio del Hi-5. En primera, porque al verla se me antojó dormirme entre sus senos y luego porque había estudiado en la misma Normal que yo, así que debido al bajo índice intelectual de esa institución y sus pupilos, —además del gran éxito sexual obtenido durante mi estancia ahí—, me animaron, pues vieron grandes posibilidades de, al menos entablar una plática con esta mujer y descubrir de qué forma podríamos llegar a bajarnos los calzones. Se llamaba Isela

Me aceptó y, casualmente, un conocido mío iba en su salón, estudiaban Historia, y pronto me aburrió su discurso de falso “compromiso social”, es más, me aburrió como todo; como siempre, como todo. Empecé a inducirla a hablar de su sexualidad después de unos meses. Me costó trabajo, me confesó que era virgen —por supuesto no le creí—, pensé que como a muchas, les excitaba que sus pretendientes pensaran en su pureza simulada, me volvió a aburrir.

Su plática no era muy interesante, así que tuve que creer en su virginidad vaginal además de la intelectual. En verdad nunca me interesaron las vírgenes, después de que mi primera novia me engañó con su virginidad, sufrí tanto que dejaron de interesarme.  Así que dejé de escribirle a Isela.

Hasta que un día me llamó y me dijo que me conectara al chat porque necesitaba platicar con alguien, no recordaba haberle dado mi celular, pero no me molestó que me llamara, mi vida no es muy emocionante que digamos.

            Empezó a contarme sobre su novio y para no aburrirme, le pregunté sobre sus encuentros sexuales.

—No hemos tenido relaciones, ¿tú crees?

—Pues no lo creo, pero si tú lo dices, está bien.

Se me hizo demasiado estar mintiendo sobre la virginidad, así que tenía que investigarlo personalmente. Le pregunté su edad, dijo que 21. Sin motivo alguno dijo cosas muy excitantes.

—Necesito que me enseñen, ¿no te animas?

—Jajajajajajajaja, pues tal vez.

Siempre hay que actuar con cautela, no sabes lo que puede estar tramando alguien desconocido. Empecé a sondearla, pero no fue tan difícil debido al conocido que teníamos en común, por lo tanto era real. Quedamos en vernos algún día, después de todo, el trabajo fue mío… trabajo de convencimiento.

La próxima vez que la encontré en el chat, concertamos el encuentro. Pasado mañana a las 10 de la mañana, cuatro horas son suficientes para investigar si alguien es virgen, pero si lo era, no iban a ser suficientes para disfrutarlo, me arriesgué y pensé faltar a mi trabajo vespertino, si es que valía la pena.

Pasé por ella al metro Hidalgo, ella venía de Constitución de 1917. Nunca confíen en las fotos de internet. En realidad era fea, pero se acababa de bañar, así que se me antojó olerle su sexo húmedo y recién enjabonado, yo también traía el cabello húmedo, así que a lo mejor pensó lo mismo que yo.

Estaba cohibida y hasta yo, un poco; mira que citar a alguien sólo para coger, sin haber cruzado una palabra de viva voz, era un poco incómodo, así que le propuse, con un poco de pendiente, de que se arrepintiera, que fuéramos a beber unas cervezas; también con el objeto de que me pareciera más atractiva, pero pasaba por La Europea y me orillé rápidamente.

Era perder tiempo y dinero en ir a beber, así que compré un vino barato, hasta el sacacorchos costó más caro. Me torné hosco, al fin y al cabo si no era yo sería otro, retomé el control y me dirigí al hotel más cercano.

En la colonia Doctores, el Hotel Lord nos recibió en obra negra, no obstante sus interiores eran de primera. La premura me convirtió en lo que comúnmente soy, un pendejo espléndido. “650 pesos por favor”, me dieron ganas de dar a cambio la supuesta virginidad de Isela a cambio de la mejor habitación, pero ya tenía una erección insoportable, así que pagué y subimos a la sala de operaciones.

Era un hotel caro pero valía la pena, ya no usaba llaves sino una especie de tarjeta de crédito con la cual también prendías las luces, aunque el jacuzzi nunca pude echarlo a andar. Me puse cómodo en una minisala y destapé el vino. Le ofrecí un vaso a Isela y lo tomó en total calma, lo cual otra vez me hizo dudar de su virginidad, pero ya había pagado así que fuera o no fuera ya no era relevante, teníamos que coger y bien.

Me tomé tres vasos al hilo. En ayunas, pronto estuve ebrio. Se había desperdiciado ya mucho tiempo, así que ya era hora, trataba de verle el culo a detalle para excitarme más, pero no se levantaba para visualizarla.

Me acerqué y la abracé. Ella empezó a desnudarse y se metió inmediatamente bajo las sábanas, yo sólo me bajé los pantalones, me puse el condón, le metí la lengua en la boca, me agarré de sus tetas y la monté, no sentí ninguna obstrucción, ya no importaba nada, sólo disfrutar.

Cuando terminé, me tiré a un lado, fui a la regadera, abrí las llaves y al intentar quitarme el preservativo, me percaté que estaba manchado de sangre.  ¿O la tenía muy grande que la lastime o sí era virgen? Me lavé rápidamente la entrepierna y en cuanto salí del baño ya tenía ganas de comprobar otra vez la vagina virginal tendida en la cama.

Al acercarme y bajar las colchas, vi que las sábanas blancas estaban manchadas de rojo. La sangre en mis venas empezó a correr demasiado rápido, la penetré por segunda vez en su vida y estaba seguro de que a la tercera ella me amaría.

La tercera vez fue muy forzada, tenía que irme al trabajo, pero tenía que hacerlo una vez más, sólo por no dejar. Casi no hablábamos, estábamos cansados. Isela empezó a estimularme y logró excitarme, cuando estaba a punto de eyacular, se abrió la puerta del cuarto y por el espejo pude ver que era alguien de intendencia, “disculpen” dijo al ver mi espalda sudorosa y, la cerró rápidamente, yo ni pensé en reclamarle su falta de respeto, mejor seguí moviendo mi pelvis, no podía detenerme, tenía que ir a trabajar.

La dejé en el metro Balderas y me fui a beber unas cervezas al Salón Madrid, quería estar solo, no fui a trabajar. Tampoco hubiera podido permanecer más tiempo en la habitación.

Pasaron un par de semanas y no supe más de Isela hasta que le escribí, tenía ganas de embelesarme en sus senos. Estaba seguro que sólo había que proponérselo, aunque estaba un poco extrañado de que no me hubiera buscado después de nuestro encuentro.

“¡Oye qué crees, que ya me casé!” fue lo mejor que se le ocurrió decirme, sólo le deseé mucha suerte, no volví a verla. Al final era cierto lo que decía, consiguió que alguien le enseñara, se casó y no se enamoró de mí. Sentí un poco de coraje al sentirme usado, pero bueno, a veces así son las cosas.    También me disgustó demasiado que a pesar de que yo hubiera dado la espalda cuando el de intendencia abrió la puerta inesperadamente y ella ni siquiera se hubiera inmutado, como si estuviera acostumbrada a que le abrieran la puerta en pleno orgasmo, no lo agradeciera al menos dándome un felatio de consolación, cuestión de no volver a dar la espalda ni pagar 700 pesos por ser olvidado en dos semanas.

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